Catedral.
No sé qué buscan, ¿por qué revisan mi bolsa? ¿Temen que pueda matar a Dios? Ya estoy aquí.
Huele a iglesia, a muerte, a sacrilegio, a devoción, a sangre e incienso, a fuego y un poco a fe; el silencio no se oye, se siente…
Se está cayendo, se percibe al caminar, tal vez se está cayendo nuestra fe a pedazos, tal vez se hunde un poco más cada día o puede ser que la fe en nuestro pasado, surgiendo de la penumbra y el moho, esté tirando a ésta también putrefacta. No la dejamos que la tire, la enlatamos y ahí la vemos lejana, abajo, cuando esto se caiga sabremos la verdad, sin tantos adornos pesados y fieles a sí mismos pero nada más. Veremos las piedras con la esencia de los corazones latentes y sagrados, dejaremos de escuchar al órgano impresionante y frío para escuchar la piel. Las campanas perderán su badajo y dejarán de retumbar en nuestra fe, será otro llamado el que nos cobije.
La devoción se siente mejor con las manos juntas y los ojos cerrados, esta vibra de fanatismo está cimbrando cada vez más fuerte, ¿por qué te asustas? Sólo estamos “rezando”. Tu mirada aturdida no se parece a la de Dios, a ese que nos ve ya aburrido de las promesas y ruegos, cansado de todo y sangrante, triste, triste porque sabe que murió en vano y que ya sabemos la verdad, que lo que creemos es lo que él nos dice y no lo que nos dijo algún día, triste porque sabe que no es nadie, que cada vez creemos menos en él, que cada vez es más la costumbre y las lágrimas inventadas pero menos las fe, se siente, yo lo siento, él lo sabe.
A lo lejos se escucha un organillero, escucha bien… Escucha aún más lejos, ¿no oyes? Deberías de escuchar el pasado. ¿No escuchas el crujir de sus raíces levantando el suelo? ¿No escuchas el nombre verdadero de Dios? ¡Estás cegado y sordo por los superior mas no supremo, por la altivez de la bendición, por los murmullos que nunca escuchas claros! ¡Persígnate estás en la casa de Dios!...
A mi cara no se le resta el asombro ¡esto no lo hizo Dios, lo hicimos nosotros! (por eso nos caerá encima).
“Me envolvían redes de muerte, caí en tristeza y angustia, el miedo y el dolor me aprisionaron… Entonces invoque el nombre del señor y le rogué que me salvara la vida” (Salmo 115) él nunca llegó…
Dios te bendiga ¿el padre penitenciario? ¡Confiésate! ¡¿Cuáles pecados?!
Adoradores de la mercancía y el mármol: la obsidiana entra más en el cuerpo…
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¡¡¡¡¡¡Siente la FUERZA DE SATANAAS!!!!
ResponderEliminarYo tengo un tio que es padre catolico y me cae bien.
qué elocuencia pixel avendaño! creo que he estado en situaciones similares y tu relato es exquisito, creo que lo transmites TODO muy bien. ha sido un placer leerte. un gran abrazo!
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